martes, 18 de julio de 2017

Carlos Margiotta


La Tipa  
Carlos Margiotta

Estacionó el auto cerca de la peatonal, tomó su portafolio y se dirigió a visitar a unos clientes. El calor de la mañana le ajustaba la camisa y la corbata le apretaba el cuello, tuvo ganas de sacársela pero sabía que un productor de seguros no podía presentarse desaliñado. Su trabajo, no sólo le gustaba, sino que además con él había ganado mucho dinero y un buen prestigio en pocos años. Tenía un departamento grande en Belgrano, un auto nuevo, una casa de fin de semana en un country, y podía enviar a sus tres hijos a un colegio privado.
Con la primer cliente no tuvo problemas: le renovó los seguros del comercio y además hizo otro de vida. Con el segundo, discutió agriamente, el sujeto pretendía extenderle el pago noventa días y se fue sin la cobranza. Son gajes del oficio, pensó, aunque su orgullo no le permitía aceptar una derrota. Cuando terminó de visitar los negocios de la calle Rivadavia, caminó hacia el edificio de oficinas, el más alto de Quilmes, y trabajó hasta el mediodía.
Su plan era subir al auto y continuar con las entrevistas por Berazategui, Florencio Varela, y por último La Plata, pero decidió hacer una pausa. Tenía hambre, apenas había desayunado un café en el quiosco de la estación de servicio. Cruzó la calle y entró al bar que frecuentaba en la zona. Estaba cansado. Se sentó a la mesa y miró el menú, no había nada que podía comer. El corazón le avisó meses atrás con una arritmia, tenía la presión alta y debía hacer una dieta para bajar el nivel de colesterol. Pidió un agua mineral y una ensalada de tomate, lechuga y palmitos, sin sal.
Mientras le preparaban el pedido, prendió su celular, tenía varios mensajes de la Compañía y los contesto uno por uno. Después llamó su esposa: Acordáte que esta noche tenemos la reunión de padres del colegio. No quiero que la nena se pierda el viaje de egresados. Se quejó interiormente por el compromiso y llamó a su madre, que estaba delicada de salud, para excusarse por no poder visitarla.
Cuando terminó de comer volvió al estacionamiento y repasó mentalmente las tareas de la tarde. Añoraba aquellos días despreocupados donde disfrutaba de largas tertulias en el viejo café de Villa Crespo con los amigos. Dejaban pasar el tiempo hasta que las horas se apagaran con el último pucho arrugado contra el cenicero. Hoy hubiese calificado aquellas reuniones de ociosas e improductivas. Extrañó el rumor de las fichas de dominó que se desparramaba sobre el hule de la mesa, y el taco de billar que se estrellaba en una carambola. Pero eran jóvenes y todo era más lento, lo suficientemente lento que bastaba los sentidos y la amistad ¿Qué será de la vida de los muchachos? pensó.
Sorprendido por el recuerdo puso en marcha el auto. En la autopista soleada llamó a Mónica, la amiga de su mujer, con la compartían la cama y los sueños. Ahora no puedo, entendéme. Tengo que terminar de pagar la hipoteca de la casa. Me metí en un crédito para comprarte un dos ambientes y vos encima me reclamas, le había dicho semanas atrás. No era el momento de cambiar su vida, de perder lo que había ganado, y además tenía miedo que la medicación que estaba tomando le provocara cierta impotencia.
Quería descansar, dejar de correr detrás de las responsabilidades y bajarse un rato del vértigo cotidiano para recuperar la memoria y suspender el progreso. ¿Cuánto hacía que leía un buen libro?. Con estos pensamientos recorrió los lugares previstos y olvidó algunas de sus entrevistas de agenda. Decidió ir al Bosque, y tirarse debajo de un árbol. Se van todos a la mierda, masculló. Acomodó el auto cerca del Observatorio junto a una frondosa Tipa y reclinó el asiento hacia atrás para convertirlo en una cama. Se quitó el saco, descorrió el nudo de su corbata y se dejó ir con la brisa verde de la tarde. En el ensueño apareció su madre en la azotea de la casa de la infancia colgando la ropa al sol. ¿Dónde te duele, hijo?
onó el celular y se despertó, era un llamado intrascendente. Miró el reloj, tenía sólo una hora para regresar a la capital y cumplir con sus obligaciones. Cuando subió a la autopista puso la quinta marcha y aceleró. Ahora sabía que por delante estaba la nada, tan eterna y sin prisa.  


Octavi Franch


LOS ANIMALES: 
PROTAGONISTAS LITERARIOS
Octavi Franch

Cuando escribo un cuento o novela infantil nunca me planteo si los animales tienen que ser más o menos protagonistas que las personas, ya que para mí son todos iguales en el mundo de la ficción. Porque si los escritores hacemos hablar, por ejemplo, a los animales que aparecen en nuestras historias, ¿por qué motivo tendría que haber diferencias entre ellos y los humanos de los cuales hablamos en nuestros libros?
Por lo que respecta a mi obra literaria dirigida a los más pequeños, tanto la publicada como la inédita, siempre ha habido y habrá un protagonista animal más especial que los demás: mi perro Drac. Mi hijo peludo, como siempre le he llamado y siempre me dirigiré a él, era un west-highland white terrier, un westie o westy como se conoce en el universo perruno. Era blanco, pequeño y el ser vivo más cariñoso y leal que nunca he conocido, y que muy probablemente nunca conoceré. Por desgracia, murió de un infarto el 31 de julio de 2009 con solo nueve años y medio de vida. Durante ese tiempo, fue mi mejor amigo y el ser que más he amado juntamente con mi madre y mi esposa.
Curiosamente, Drac ya era uno de los personajes principales de una de mis primeros libros para adultos, una novela policiaca publicada en 2001. Pero lo fue sin haberlo conocido todavía. Me explico: creé el personaje antes de tener al perro. Y la verdad es que cuando conocí a Drac era exactamente igual que el que había creado para la novela. Misterios de la vida. Pero volviendo al Drac personaje, ha aparecido ya en tres de mis historias publicadas para los más jóvenes: en dos cuentos y en una novela. En uno de los cuentos, ¡Aprende a maullar!, es además el protagonista principal.
Aparte de este entrañable y juguetón perrito, en otras de mis obras infantiles aparecen otro perro, un gato, tres gusanos, una mariposa y hasta un murciélago. Como veis, todo un mini zoológico que convive, con total naturalidad, con los niños y niñas de mi universo literario.
Pero como soy un fanático de los dragones (de ahí el nombre de mi querido y ausente perro: Drac significa Dragón en catalán) —de hecho colecciono cualquier figura alegórica y los tengo ordenados en estanterías por colores, desde el blanco hasta el negro, pasando por el rojo, mi favorito— lógicamente éstos también aparecen en mis libros, tanto los que son para adultos como los que aquí tratamos. En concreto han aparecido en dos de mis libros: un cuento largo que también es obra de teatro y en un cuento breve, ambos ambientados en el bosque y con personajes medievales clásicos por en medio, como caballeros y princesas.


Eso sí: mis dragones siempre son los más buenos de las historias.

Gustavo M. Galliano


POEMAS de Gustavo M. Galliano

EL CREYENTE 
Cuando niño creí que los niños mayores
jugaban con las respuestas de las preguntas todas,
y pedí, rogué, supliqué, en vano,
pues ellos fingían los saberes.
Cuando joven creí que los jóvenes mayores
despreciaban las respuestas a las preguntas todas,
y escuché, repetí, recité, memoricé, en vano,
ellos no eran más que viles mercaderes.
Cuando adulto creí que los adultos mayores
fabricaban las respuestas a las preguntas todas,
y dudé, examiné, confronté, discrepé, en vano,
ellos manipulaban, abusadores de dialéctica.
Cuando anciano creí que los ancianos mayores
ocultaban las respuestas a las preguntas todas,
y presentí, comprendí, accedí, no en vano…
la avidez de respuestas, no necesita preguntas.-

RECUERDO SAPIENS

Me detuve en el tiempo,
y el silencio fue sicario,
ignorante del presente
se ha cobrado mi pasado.
Amigos devenidos en pompas de jabón,
familiares conceptuales de nylon,
compañeros dibujados en  spray,
nadie es corpóreo, ya nadie.
Aquel pasado no fue exorbitantemente mío,
pero la marca preña a fuego,
sonrisas fotográficas encuadran la ciudad
en el libro espurio de la hipocresía.
Tiempo, que  solo muta en  tiempo,
creí antes del silente sicario,
pero el viento se detuvo, antojadizo,
hasta convertirme en sapiens.-



Vale Dujovny


                                      SUBTE 
Vale Dujovny

Entonces aparece esa joven con esa calza.
La observo y puedo intuir cada detalle de su intimidad, cada mínimo pliegue de su anatomía.
Está desnuda, con cien mil pequeñísimas flores pintadas en el sexo.
Vende Beldent a 2 por 10.
¿Qué edad tiene…20, 200 años?
Pasea sus largas piernas de langosta y su hermoso culo por el pasillo. Carga esa cajita llena de chicles. Deja un paquete en las rodillas de los pasajeros.
Su carne tiembla levemente en esa marcha. Muerde con fuerza para sostenerse. En una mano el producto, y con la otra, reparte. Asida de ningún lugar. Va y viene. 
Dudo si lo que escucho es el chirrido metálico de las vías o los ratones de los pasajeros, aullando a su paso. 
No mira a nadie. Todos la miran. Algunos con celo. Otros en celo. 
Ellos resisten en sus asientos, con los labios apretados, con miedo de que la baba se les escurra, caiga y ruede por el piso… Incómodos, resbalosos… 
Algo ha sucedido, y no es que se haya detenido la formación. 
Esa joven acaba de recordarles el estribor negado de sus existencias. 
El sonido de las chancletas que ella arrastra despierta a las bestias encerradas, susurra afónico, lubrica las bisagras de sus prisiones.
Sudan salados los mares en sus caderas, y trepa el agua hasta la boca de otros.
Todos se yerguen a su paso, suavemente, en la marea vaivén que los mece al mismo tempo que sus ancas. Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos. 
Disimulan, complacidos por ese oleaje inesperado, fuente que mana memoria y vida. 
Respiran el aliento ajeno. Recuerdan… Abren la boca para exhalar.
Tragan saliva a la vista de ese parque de diversiones.
Algunas gárgolas la observan desde la puerta, bajo el cartel de las estaciones.
La miden, la destazan, la cortan en pedacitos, la rebanan con el filo de sus lenguas y el revés de sus postizos. La sazonan de impudicias.
Al postre, eructan y la crucifican.
Ella pasa, como un viento anónimo, con la lucidez vacía de quien no espera nada, de nadie, nunca más. Sigue una senda que se va a abriendo a cada paso de sus pasos. Solo ella la ve.
Llega al final del vagón. Encaja la zanja de su trasero en la barra del fondo, se mete los dedos sucios en la boca y cuenta los billetes con experiencia de tachero.
La miran… Ese movimiento en cámara lenta, de su lengua mojando el pulgar, el chasquido de sus dedos contando los de a 10, prodiga polvos de hada en el Nuncajamás de bajo tierra.
El tictac cáustico del paso por los durmientes abre una brecha matutina de ensueño en la imaginación de los topos que habitan ese espejismo.
Recién entonces vemos su rostro.
Ella nos odia.
Sus ojeras oscuras nos odian. Sus pestañas con rimmel azul nos odian. Sus talones resecos nos odian. El olor a aceituna de sus axilas nos odia. Su pelo mal teñido y mal planchado nos odia. Las aletas de su nariz, expandiéndose por debajo del piercing, inhalando el aire inmundo del Subte, 15 horas al día, nos odian.
Todos bajamos la mirada.
Somos culpables de este escarnio. De sus sueños podridos de antemano. Del agujero negro en su mirada.
Ella nos odia y todos lo merecemos.
Somos culpables.
Estación Plaza Miserere. Su culo pasa frente a nosotros como un último alegato en su defensa.
Suena el sinfónico silbato, en un réquiem a su partida. Está muerta, por nuestra mano. Sus uñas sucias ya están escarbando la tierra de su olvido. 
Y tiene ese culo perfecto que no le sirve para nada. 
Desciende.
Juro que atravesó la puerta antes de que se abriera.

 

Bettina M. D´alesandro


Apuntes  urbanos  
Bettina M. D´alesandro

"Hazme un sitio en tu montura
caballero derrotado.
Hazme un sitio en tu montura
Que yo también voy cargado
De amargura
Y no puedo batallar más” "Vencidos" León Felipe

El encuentro fue azaroso, como suelen ser los encuentros más trascendentes. Manuel Uribe caminaba distraídamente por Corrientes cuando lo vio. Las tapas rojas se destacaban entre la pila de libros viejos, ofrecidos a un precio casi irrisorio. Parecían pedir a gritos que alguien las rescatara de aquella situación vergonzosa.
Se acercó a la mesa, tomó el libro entre sus manos y comenzó a hojearlo con cuidado. Se trataba de un ejemplar del " Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha" editado Biblioteca La Nación. Más precisamente de un segundo tomo que parecía acentuar una palpable sensación de orfandad. Sus páginas ocres despedían un dejo de humedad que daban cuenta de un nacimiento lejano. Sin embargo, había resistido estoicamente el paso del tiempo y de sucesivos lectores. Eso le gustó a Manuel: era un sobreviviente como él.
Sin dudarlo, invirtió una parte del sueldo recién cobrado y guardó el libro junto al material de trabajo que llevaba en su bolso.
Llegó al cuarto de la pensión alrededor de las seis y decidió preparar una taza de café antes de concentrar la atención en al nota que el secretario de redacción le había pedido. El periódico sensacionalista para el que trabajaba empañaba su vocación de periodista y en vano buscaba la manera de zafar de las notas amarillas que le obligaban a escribir.
La habitación que ocupaba desde su arribo a Buenos Aires permanecía inundada por el desorden y el polvo, pero poco preocupaba esto a Manuel, cuyo carácter solitario congeniaba sin mayores conflictos con la tosquedad de ese rincón urbano.
Tomó el primer sorbo de café, abstraído en pensamientos difusos. Miró como al pasar las tapas rojas depositadas sobre la cama y se sintió nuevamente encandilado por ellas. Se dispuso entonces a leer algunas páginas.
Fue suficiente un breve contacto con las mismas para experimentar algo extraño: el cuarto en que se hallaba comenzó a adquirir una dimensión particular. Se sintió transportado a un espacio donde los objetos podían ser captados con una singular nitidez. Esa proximidad con el mundo circundante era tan arrolladora, que se vio movido por la urgencia de escribir una gran historia: la historia más deslumbrante de su vida, esa que lo conduciría a la gloria sin escalas.
Comenzó entonces a garabatear sobre una hoja de manera compulsiva, febril. La aventura de crear, de plasmar aquel aluvión de ideas que manaba de su mente lo confrontaron con una emoción indescriptible. Su tiempo pasó a transcurrir entonces frente a la mesa destartalada que servía de escritorio, envuelto en papeles y humo gris. Sólo se detenía de vez en cuando para hojear algunas páginas, como si éstas fueran el oxígeno que necesitaba para continuar respirando.
Poco a poco dejó de reconocer diferencias entre el día y la noche, el frío y el calor, la vigilia y el sueño. Sin saberlo, estaba dando forma a la historia más trascendente de su propia historia.


La persona hallada sin vida esta madrugada responde al nombre de Manuel Carlos Uribe - a voz sonaba firme detrás del micrófono de la radio - Soltero de 55 años de edad, fue hallado en la habitación que alquilaba en la pensión de Sarandí al, ochocientos de esta capital. Según fuentes policiales, el cuerpo no presentaba signos de violencia, lo que hace pensar en una muerte natural. El cuarto se encontraba en completo desorden y el olor a tabaco impregnaba el aire. El difunto sostenía en su mano derecha un libro de tapas rojas y, sobre la mesa donde se lo vio recostado al ingresar, se hallaron varias hojas de papel en blanco, un tintero y una pluma sin estrenar.

Antonio del Massetto


PULPO 
Antonio del Massetto

El hombre se entera que esta noche, en el Verde, hay cazuela de pulpo, así que decide no perdérsela y ahí está acodado a la barra, esperando y dispuesto a disfrutar de una buena cena ya que se trata de uno de sus platos favoritos. Aparece Romero, un carpintero del barrio. Saluda y se le sienta al lado. El hombre contesta amablemente, aunque este encuentro no lo haga feliz. Pensaba comer en paz y sabe que Romero tiene el vicio de la comunicación, práctica que el hombre no reprueba, salvo cuando intentan experimentarla con él. Efectivamente, Romero se larga a hablar y a contarle de su vida. Está realizando un trabajo importante, en la casa de una turca, viuda, que vive con tres hijas cuyas edades oscilan entre los veinte y los treinta años.
Mientras escucha, el hombre advierte que alguien se ha sentado del otro lado, a su izquierda. Reconoce a Pierre Fontenelle, el Exorcista. Lo ha visto una sola vez, pero es inconfundible con su sobretodo negro y la polera blanca en la noche calurosa. El hombre se pregunta si volverá a repetir la ceremonia de la hostia.
Romero, mientras tanto, sigue con su historia: teniendo en cuenta que el trabajo encomendado se prolongará bastante tiempo y que él vive solo, un mediodía la turca mayor le propone que ocupe momentáneamente una piecita en la terraza de la casa. Romero acepta. Por lo tanto se muda, trabaja, almuerza y cena con las mujeres. Una noche, tarde, se abre la puerta de la pieza donde duerme y en la claridad lunar advierte que está recibiendo la visita de la turca mayor. Tienen un encuentro muy acalorado, después la turca se va y sigue la rutina de siempre.
A la noche siguiente, vuelve a abrirse la puerta. Romero piensa que se trata nuevamente de la turca mayor, pero esta vez la que acude es una de las turquitas. Posteriormente aparece la segunda turquita y luego la tercera. Durante el día nadie habla del asunto y es como si se tratara de un gran secreto. Romero trabaja duro, se alimenta bien, se acuesta y espera.
El hombre oye, a su izquierda, la voz del Exorcista que recita: "La amada se desliza a través de la noche con andar de gacela y sus labios son dulces como el néctar de las flores". Aclara: "Cantar de los Cantares."
Pide perdón por la interrupción, estira la mano por delante del hombre y se presenta a Romero: "Pierre Fontenelle." Inmediatamente pregunta si las cuatro mujeres son lindas. Romero contesta que son ardientes y que según su modesta opinión, en cuanto a mujeres fogosas, no hay nada que supere a una turca fogosa, no importa la edad que tenga. El hombre percibe que hacia la izquierda, por el lado del Exorcista, acaba de aumentar considerablemente la temperatura ambiente. Por fin llega la cazuela.
Apresado entre dos fuegos, el hombre se resigna y empieza a comer. De pronto advierte que el Exorcista extrae una hostia del bolsillo, la sostiene en la mano y la aprieta un poco con el pulgar en la parte superior, de manera que se ahueque y tome forma de cuchara. Después introduce la hostia en la cazuela, la maneja con habilidad y consigue llevarse un buen trozo de pulpo. Se chorrea salsa sobre la solapa del sobretodo y se limpia con una servilleta de papel. Al hombre esto no le gusta nada y está a punto de ponerse un poco maleducado. Pero recapacita y se dice que nada ni nadie conseguirá arruinarle la cena, así que se dirige al Exorcista y solamente pregunta: "¿Ya no las come con vinagre?" "Según la hora", contesta Pierre Fontenelle.
Mientras tanto, Romero sigue con su historia y confiesa que si bien la situación con las turcas le agrada, está comenzando a sentirse un poco raro, como si se encontrase apresado en una tela de araña y se lo estuviesen devorando lentamente. El Exorcista vuelve a interrumpirlo y, disculpándose, opina que en esa casa reina una enorme confusión, un gran extravío y que esas mujeres, sin duda, necesitan un guía  espiritual. Por lo tanto se ofrece para efectuar una visita desinteresada a las turcas, esa misma noche si Romero lo desea. Ahí nomás le pide la dirección. Romero se hace el tonto y no contesta. El Exorcista declama: "Si entras en casa de mujer sola y esa mujer se enseñorea sobre tu cuerpo y espíritu, no deseches la ayuda del hombre sabio. Agustín, Confesiones." Vuelve a pedir la dirección de las turcas y Romero sigue haciéndose el distraído.
El hombre, de reojo, ve que en la mano del Exorcista acaba de aparecer una cosa blanca y redonda que pretende avanzar hacia el pulpo. Entonces toma rápidamente la cazuela y se muda a una mesa. Automáticamente, el Exorcista y Romero se sientan con él. El hombre se corre hasta quedar arrinconado contra la pared. Protege la cazuela con la mano izquierda, mientras come con la derecha.
El Exorcista insiste: "Cuando tropieces con cuatro mujeres y adviertas que sus almas están muy confundidas, acude inmediatamente a un hombre del Señor, porque él, sólo él y úni Romero sigue sin largar prenda. El hombre, siempre en la posición de defender su pulpo, oye la última frase de Pierre Fontenelle y se dice que esa carta, seguramente, los Corintios no la recibieron nunca.


Marta Becker

                      
ÚLTIMO VIAJE  
Marta Becker



Bajo a toda velocidad las escaleras del subte para alcanzar la última formación de la noche. Entro en el vagón justo en el segundo en que se cierran las puertas. No hay nadie. Tomo asiento, extrañado, supongo que es por la hora. Con sorpresa, noto que el transporte no se detiene en la siguiente estación. Los vagones corren a velocidad y tampoco paran en las otras estaciones, que van pasando ante mis ojos muy abiertos por el asombro. Por las ventanillas veo una sucesión de oscuridad, un haz de luz que proviene de cada andén, oscuridad nuevamente. Trato de abrir la puerta que comunica con el siguiente vagón, no puedo. La golpeo con fuerza, tironeo, le doy patadas, hasta que por fin lo logro y paso al otro compartimento. También está vacío. Sigo camino por otros tres vagones. Vacíos. Llego hasta el lugar del conductor… sorpresa, nadie maneja la formación. Entro en pánico. Pido socorro pero el ruido metálico de las ruedas se traga mi voz. Gruesas gotas de sudor resbalan por mi cara mezcladas con las lágrimas  que brotan de mis ojos. El convoy sigue corriendo a toda velocidad, noto que el recorrido es circular, vuelvo a pasar por los mismos lugares. Intento inútilmente romper varias casillas que contienen el martillo para usar en caso de emergencia. Tiemblo de rabia ante tanta impotencia. Siento mucho calor y me quito el saco y noto que los brazos están cubiertos de ventosas que revientan y comienzan a sangrar. No tengo manera de detener la hemorragia. También sangro por la nariz y me llena la boca un sabor amargo que me quema. Desesperado corro al último vagón con la esperanza de romper la puerta y tirarme, de escapar de esta trampa. Me reciben voces que gritan cosas que no entiendo… brazos que me sacuden… alguien que me abraza… un olor ácido muy fuerte absorbe todo el oxígeno… llevo las manos a la garganta, me ahogo… en un solo segundo de lucidez alcanzo a oír –lo perdimos- …

Juana Rosa Schuster


NO DELATARÁS  
Juana Rosa Schuster

Miguel aceptó por fin incorporarme a la resistencia. Nos reuníamos en un monasterio. Me ordenaron teñir el pelo y pasaportes con otros nombres fueron suministrados.
Las personas eran despojadas de todo. A veces, se oían gritos y ráfagas de ametralladora. Por temor hasta pisábamos con lentitud.
Mi primer “trabajo” fue tomar un tren y bajar en la tercera estación. Debía entregar una carta a un telegrafista.
Miguel me besó con pasión y me dijo que un día formaríamos un hogar.
Un taxi me llevó a la terminal de trenes. Temblaba. Atravesé el andén y encendí un cigarrillo.
-¡Señora!- Un escalofrío recorrió la médula. -¿es este paraguas suyo?- Un alivio interior recorrió mi cuerpo.
Llegó la locomotora. Me acomodé en un asiento libre. “Tercera estación”, me repetía.
El guarda pasó. Se detuvo ante mí y solicitó el boleto. No me agradó cómo me miró. Noté que se dirigió a un hombre y le dijo algo al oído. Comencé a mirar a los demás pasajeros. No quise que se advirtiese mi inquietud. Alguien me preguntó algo, no sé en qué lengua. Fingí no haber escuchado. El inspector desapareció.
Bajé en la tercera estación. Recordaba cómo encontrar al telegrafista.
Pensaba qué haría si me seguían. Alguien me dijo una vez: -se puede vivir sin pensar. No es cierto.
Llegué a la casona del hombre cuyo nombre desconocía. Le entregué el sobre. Antes le dije la contraseña. Era un individuo de cabello negro, muy desaliñado.
De pronto, aparecieron personas uniformadas y le dispararon. El terror impidió el habla, fui detenida. Me vendaron los ojos y obligaron a entrar en un vehículo. Me empujaron y caí sobre un piso duro y desparejo. A los pocos minutos me llevaron para interrogarme. Recibí golpes feroces. Exigían nombres. Me negué a contestar y una trompada hizo que perdiese dos dientes. –Tenemos métodos para hacerla hablar.
Quitaron las vendas de mis ojos y me alojaron en un lugar con paredes húmedas y manchadas de sangre.
Había otra mujer, en deplorable estado, acurrucada en un rincón, temblando en forma compulsiva. Se llamaba Adela. También pertenecía a la resistencia. Me habló con dulzura y dificultad para expresarse. Supe entonces en qué edificio estábamos.
–Acá, el primer piso es para los recién capturados, el segundo es para los que van a seguir siendo interrogados, el tercero, no sé, pero el cuarto es para los van a dejar libres; porque no se les pudo comprobar nada, fueron muy bien preparados y no se quebraron frente a la tortura.
-¿Ellos lo saben?
-No, pero los van a trasportar en un camión hasta la frontera y les dan un salvoconducto.
La sangre manaba de mi cuerpo y me desmayé.
A la mañana siguiente vinieron a buscarme.
Fui condenada a muerte por fusilamiento.
Me despedí de Adela y sentí pena por ella. Parecía casi una adolescente, a pesar de su aspecto.
Caminé descalza a través de frías baldosas por el patio. Un agente me conducía, mi paso era lento, debido a las fracturas.
De pronto, con el rabillo del ojo, vi algo. Miguel estaba en el cuarto piso trepado, miraba por la pequeña ventana y golpeaba el vidrio.
Tosí para que no se escuchen los sonidos y llegué al paredón… miraba siempre hacia adelante.



Amelia Arellano



La Conspiración 
Amelia Arellano

El hombre sentado en un sillón tan viejo y desteñido como él, bajo una enorme  higuera,  miró con recelo el perro buldog que lo contemplaba  con ojos interrogantes. 
Un bastón descansando en el apoyabrazos herrumbroso del sillón y el zapato ortopédico en su pie derecho denunciaban su renguera. 
Intentando evitar la mirada del perro levantó hacia el cielo su rostro cuadrangular con mofletes caídos y grandes pliegues en sus mejillas. Su mandíbula inferior  sobresaliente y las comisuras hacia abajo le daban un aspecto nada agradable, mas bien hosco. El sol ya se había puesto  y el horizonte era una mancha violácea. Las primeras estrellas comenzaban a brillar como farolitos suspendidos en el aire. El hombre buscaba la cruz del sur, pero no podía sustraerse a la presencia del perro. Cambió  a propósito la postura de su cuerpo y lo volteó hacia la derecha intentando evitar esa  mirada que lo incomodaba. 
Volvióse de repente y los ojos del animal seguían fijos en él. Tomó su bastón e hizo un ademán amenazante con ambos brazos. El perro en un movimiento súbito se paró y se alejó del lugar rápidamente pese a faltarle la pata derecha trasera.
El silencio del anochecer fue quebrado  por el golpeteo de manos de la mujer que anunciaba la hora de la cena. El hombre se levantó presto. Los ruidos de su abdomen, urgentes, denunciaban su estomago vacío.
En su apuro, pese a su estatura mediana, unas ramas de la higuera casi  rozan su rostro.
Se trasladó con trancos rápidos no esperables dado su cuerpo fornido,  torso ancho y la única pierna corta, recta y robusta.
Un sendero de piedra laja llevaba hasta la casa.
Atravesó una puerta de madera descascarada,  entró a una habitación alumbrada por una débil luz que provenía de un foco que pendía del techo.  Una anciana pequeña lo esperaba al lado de una mesa recubierta por una tela de hule. 
Su aspecto frágil era desmentido  por una mirada enérgica y decidida que escondía detrás de unos anteojos  con marcos de carey que pareciera tenían una función ornamental dado que no se observaba  aumento alguno.
El viejo se sentó en una ruidosa silla de madera destartalada .La mujer sacó  de una plomiza olla de aluminio un cucharón  con alimento  y llenó el plato enlozado. Con brusquedad lo deslizó sobre la mesa. El movimiento hizo que el plato se corriera  hacia el otro extremo de la mesa, pero el viejo frenó el movimiento y lo tomó con avidez. Se dedicaron a ingerir en silencio lo que el magro salario de jubilado les permitía.
El hombre   devoraba la comida en grandes y ruidosos sorbos. Estaba tan concentrado en el acto de comer que no parecía advertir la cara de asco de su mujer ni las gotas del líquido espeso que caían sobre su raída camiseta celeste que con la humedad se convertían en lunares azules. Terminó y miró a la mujer con ojos expectantes. Ella señalo la abollada olla con el mentón y preguntó sin palabras si deseaba más. El emitió un gruñido que se interpretó como un si y la anciana volvió a llenar el plato, esta vez el gesto con el que sirvió la comida salpicó el repasador que hacía las veces de mantel individual.
La mujer, que había terminado su pequeña porción miraba a un punto indefinido, con las manos a los costados de su cuerpo.
El viejo terminó de comer y limpió el plato con un gran trozo de pan, hasta dejarlo brillante; engulló el pan de un bocado, lo que distendió los pliegues  de las mejillas. Se limpió la boca primero con la palma, luego con el dorso. La vieja  miró en silencio los restos de comida en la nariz pequeña y aplastada del viejo. Levantó los platos y a espaldas del hombre, destapó la cacerola  y evitando que la viera, sacó un gran trozo de carne que había en ella, 
Se dirigió al patio a darle la comida al perro. El animal la recibió alborozado, lamiendo sus pies, con la mano sacó el pedazo de carne de un impecable tazón, se lo ofreció y el perro lo tomó  con sus dientes delicadamente.
La mujer se sentó en la reposera, mientras el perro, a su lado, comía despaciosamente, casi sin hacer ruido.
Los pensamientos se enredaron en las ondas levemente insinuadas de su cabello cano,  corto y   prolijamente peinado. Pensaba que lo único que la unía al viejo, era el perro. Además la mutua conveniencia, claro, ella necesitaba comer, medicamentos; él ropa y casa  limpias y sobre todo comida. Se le ocurría que su felicidad estaba puesta en la comida. Por ello no se esmeraba mucho en cocinar pero él devoraba todo como si fuera el mejor manjar del mundo.  Pero había algo que los unía mucho más importante. El odio. Un odio sutil, insidioso, que como el barro oscurecía todo, las paredes de la casa, los vidrios, las arrugas de sus rostros. Que se adhería a su cuerpo, recorría sus piernas, se introducía en su vientre, retorcía sus vísceras, estrujaba su pecho, finalmente como un nido de víboras quedaba enroscado en su corazón. Un odio que se había enquistado y cada metástasis era percibida por el viejo-estaba segura- aunque no lo verbalizara.
Un odio que comenzó hace siglos… ¿O fue ayer?.....Fue la noche que él tuvo el accidente a la salida del motel. Rezó tanto para que muriera, hizo tantas promesas pero parece que no alcanzaron porque lo único que se le murió fue el  pié derecho.
Ella quedó sin auto y sin amiga, él, sin auto y sin pié. Intentaron una y mil veces separarse, pero siempre surgía el mismo escollo: Ninguno de los dos quería ceder el perro. Presentía que el viejo quería quedarse con el animal, no por afecto, sino por llevarle la contra .También pensaba que el viejo sentía celos del buldog, por ello, a propósito le hablaba, lo acariciaba le daba los mejores pedazos de carne. Paradójicamente a medida que crecía su afecto por el perro  también aumentaba la semejanza  del viejo, con la cara de cara de pocos amigos de la noble bestia.
Jamás hablaban. No se separaron pero el castigo mayor fue el silencio.
Su monólogo interior fue interrumpido por los pasos irregulares del viejo. Se levantó ágilmente, tomó el tazón del perro, vacío, y con el se dirigió al interior de la casa.
El perro cuando vio que el hombre se acercaba hizo un movimiento de retroceso.
El viejo se dejó caer en el sillón y un eructo sonoro quebró el silencio de la noche. 
La única luz era la de las estrellas, ya que había renunciado a encender la luz del patio porque la mujer, desde adentro, sistemáticamente la apagaba. 
Una luna grandota acentuaba los claroscuros de la noche. Se insinuaban nítidamente las formas irregulares de la higuera. 
Con su estomago repleto aspiró con fruición los olores de la noche. La suave brisa que venía del norte, traía ráfagas de fragancias, azahares, glicinas, jazmines. Dejó que su cuerpo se relajara. Extendió ambas piernas. Estaba cansado, con el peor de los cansancios, el de no hacer nada.
El perro como siempre lo observaba pero su silueta se fue desdibujando a medida que cerraba  los ojos. De repente, lo sobresaltó una presencia, mas que verla, la presintió.
Se dio vuelta y vio a su mujer con el cuerpo rígido por el odio que había tomado la barreta que servia  para asegurar la puerta y se dirigía hacia él. No dudó de sus intenciones. Se levantó raudamente pese a su discapacidad, giró el cuerpo pero se encontró con el cuerpo amenazante del perro que le gruñía ferozmente. Sus ojos rojos, relampagueantes. Entendió la conspiración. Solo lo movió su instinto de conservación.
Tomó el bastón y golpeó y golpeó.   
Percibió la presencia de la mujer defendiendo el perro, pero no podía  parar. Y golpeó y golpeó.  Los golpes sonaban secos en la noche serena.
Los pelos grises de la vieja se entremezclaron con los pelos del perro y cuando lo salpicó la masa encefálica, no supo si era de ella o del animal .El corazón le golpeaba en el pecho y la transpiración, le impedía la visión. 
En la noche estrellada el grillo interrumpió su serenata al escuchar los pasos de la vieja que acudía a darle al perro el tazón de leche habitual. Este la recibió moviendo su rabo, casi inexistente.

Haide Daiban

                                               ME DIJO, LE DIJE 
Haide Daiban

Cuando nos conocimos ,él me dijo: ¡Qué ojos, me encandilan!. Te llevaría de linterna todas las noches aquí, guardada en el bolsillo del corazón.
Pensé: qué cursi y por decir algo yo le dije: Y cuando están cerrados?
El me dijo: No los abras de golpe que me matás con tus laser.
Después fui con él al cine, la tarde de Pascuas. Nos escapamos de los familiares y el encuentro se pactó tácitamente, con una mirada.
Cuando la película terminó, nos encaminamos, como siempre, al deleite de una taza de café.
Él me dijo: ¿No te excita el café?
Yo le dije: Otras cosas me excitan.
Él me dijo. ¿Cómo qué?
El casamiento se programó a gusto de los respectivos padres:  que si el centro de mesa, que si la ceremonia con alfombra blanca, que las flores, cuáles, que si invitamos a tía Zita o a Flora,(juntas jamás),que la comida (mesa fría, mesa de postres), que la orquesta…
Nos enfrentamos mesa de comedor de por medio, dos días antes del contrato que para ese entonces ya había sido revisado, retocado y casi anulado y no puedo olvidar lo que
Él me dijo: Bueno, de hoy en más seremos uno,(eso espero agregó con un dejo de duda)
Yo le dije: Espero que seamos dos con una mira en común…
Él me dijo: Sí, sí, es lo que quise decir.
Los chicos son dos bombones. Riquísimos pero patean el hígado.
Se parecen al abuelo por su color de ojos, de un azul celeste tan transparentes como sus pensamientos. Hablo del abuelo materno, de mi viejo.
Mi mamá y mi suegra están celosas: ni un gen igual, dicen mientras se auscultan. ¡Ni uno!
Pero no puedo olvidar el primer nacimiento, fue por cesárea.
Y él me había dicho:¡Cesárea! Y cuestionó: ¿Es que tenés algún defecto de nacimiento?
Yo le dije: El mismo que tu madre: haberme casado. Estaba furiosa y se notaba. Me dieron calmantes para poder relajarme y dormir.
Y él dijo: Justo fuiste a elegir el parto más caro. Espero que el bebé sea normal.
Yo le dije: No tengas temor, se parece a mi familia, nació y nacerán normalísimos siempre y hasta inteligentes. Y aproveché en imponerme en la elección del nombre.
¡Qué problema la educación!¿Qué hacemos? ¿Colegio privado o estatal?
Él dijo: ¡Ya sé! Vas a elegir uno privado así yo pago y siento por fin qué es tener un hijo. No, bueno, no te enojes. Elegí vos. Y se lavó las manos como se dice…
Yo le dije: No te impacientes la hija del drogadicto de la vuelta, ese que estuvo dos veces preso, va al colegio número 14 y si va con Celina se pueden hacer amigas y estudiar juntas. Están tan cerquita.
Y el me dijo poniéndose pálido: Bueno, no conozco qué nivel tiene el colegio, pero no hace falta que vaya al mismo grado, hay tantas aulas. ¡Qué se yo!, elegí nomás.
Y Celina concurrió al mejor colegio bilingüe de la zona, donde además, van e iban, los chicos de las renombradas familias de Buenos Aires.
Celina cumplió quince años. La fiesta fue toda luces y brillo y ella una princesita de cuento de hadas.
Tomás ya llegaba a los trece, pero aprovechó para demostrar que bailaba mejor que los candidatos de su hermana. Conocía a todos, como va al mismo colegio.
Por ese entonces yo rasguñaba los treinta y nueve años. La crisis de los cuarenta me cosquilleaba, pero bailé igual a la par de los chiquilines hasta que crucé la mirada con él y me inquietó esa mueca como de lástima. Me empecé a irritar, cosa que siguió a partir de frases, ademanes y otras yerbas.
Dos noches después él me dijo: No se te veía mal el día de la fiesta, pese a tus añitos…
Yo le dije: No me quise arreglar demasiado para evitar la apariencia de tu hijita mayor.
Veinticinco años de casados,¡ es una barbaridad!
Yo le dije: Te pesarán ¿no?
Él dijo: ¡No!, ¡Qué va! Aguanto otros cinco
Yo le dije: No te irás a morir…
Cada vez veo menos. Voy a pintar de blanco el palo de la escoba, por las dudas.
Él me dijo: Sí, tomá tus precauciones…
Yo le dije: No, me colocaré lentes de contacto. ¡Lástima que tenga que pagarlos en dólares!
Él dijo: Te contrato un lazarillo, es más barato.
Yo le dije: Que sea rubio, de ojos celestes, para morocho ya tengo uno y gastadito. Y ¡Por favor!, que no pase de los treinta.
Él me dijo: Pero si estás casi ciega no lo vas a poder apreciar.
Yo le dije: Persisto en los lentes y además no olvides que necesito unos billetitos suplementarios para algunos retoques más. Vos sabés, subir algunas cosas, modelar otras, estirar lo demás.
Él me dijo: ¿Todo junto? Y para qué si así estás bien. Me gustás igual.
El dinero se gastó en el casamiento de Celina. Estaba tan hermosa como una madona.
Me sentí tan  feliz con esta nueva etapa cumplida que no me acordé de las partes caídas, ni flojas ni sueltas. Total que tengo tiempo para pensar todo es el año que viene.


Y él me dijo…..

Antonio Cruz


Relatos mínimos 
Antonio Cruz


Nocturno de pasión

El dramaturgo sonríe. La mirada verde y chispeante de la pelirroja lo ha seguido durante toda la actuación y él intuye la invitación que es tan vieja como el mundo.
Sospecha que su desfachatada elegancia ha hecho lo suyo. Es audaz y se sabe atractivo.
Camina hacia su camarín divertido y ansioso. Tiene la certeza de que en un rato ella gemirá en sus brazos.
Despierta atormentado por un frío espantoso. Algo lacera sus entrañas. Las sábanas están viscosas. Prende la luz y las ve teñidas de rojo.
Imagina el último acto de alguna de sus tragedias.
La pelirroja ya no está en escena.

Noche de brujas

Cegado por el pánico, desenfundó el arma y disparó repetidas veces sobre el monstruo. Nadie le había dicho que esa noche era hallowen.


Rejas

Cuando salió de la cárcel decidió estudiar biología. 
La noche siguiente a su primera clase de fisiología animal entró en la facultad y abrió la jaula de todos los cobayos. 
Él sabía lo que es estar entre rejas.




miércoles, 21 de junio de 2017

Carlos Margiotta


Como entonces 
Carlos Margiotta

Recuerdo bien aquel 9 de julio cuando nevó en la cuidad de Buenos Aires. Yo estaba acostado en la cama mirando a través de la ventana caer los primeros copos de nieve sobre las terrazas vecinas. Mónica se paseaba por el living fumando los cigarrillos que había dejado mi padre en dos cartones antes de morir.
-¿Vamos a pasear por parque?- dijo con su voz ronca.
-Vamos-, dije, aunque no tenía ninguna ganas de salir. Nuestra relación se había ido desmayando desde que tuve que atender la enfermedad de mi padre y dejé de ocuparme de sus demandas.
Me puse un pantalón de franela, un pulóver grueso, mi camperón de invierno y una gorra de lana que había comprado en el Bolsón. Cuando salimos a la calle el barrio era una fiesta, las confiterías llenas de gente, familias caminando hacia el parque, chicos juntando nieve al pie de los árboles. Puse mi mano en el hombro de Mónica y ella se acurrucó debajo de mi brazo como entonces.
Nos sumamos a la muchedumbre y nos dirigimos al parque. La noche temprana hacía que las luces del alumbrado público brillaran como nuevas y una caravana de autos tocaba sus bocinas festejando la nevada. En el fondo del parque había abierto la calesita, desde lejos parecía un fuego giratorio aclamado por los nativos a su alrededor. Cuando llegamos tuve ganas de subirme con ella. Vi a don Pascual ofreciendo la sortija y yo estirando mi cuerpo para agarrarla, vi a mi madre tejiendo en un banco, vi a mi hermano mayor corriendo entre los autos, los caballos, los leones y las jirafas de madera, vi a mi prima con miedo tomándome del brazo, no te vayas, no me dejas sola. Vi a mi padre volviendo del trabajo a buscarnos con el Billiken bajo el brazo. Vi a Jorge, Santiago, Ramón y Norberto, la barra de Boedo, corriendo a las chicas del barrio que reían asustadas, vi a mis abuelos paseando de la mano, y a Carmen dándome el primer beso en sombra del aquel árbol. Vi a mi tío Antonio haciéndome debutar en un prostíbulo de San Fernando, vi a Taton amasando en la mañana navideña y la abuela María sirviendo  la pasta en la mesa grande, vi a mi primo mayor disfrazarse de Papa Noel, y a los Reyes Magos bajando por la escalera del peache de la infancia. Vi a la tía Irene besarse con mi padre en un pasillo, vi guardar el secreto con odio, vi estallar mi corazón en mil fragmentos. Vi a Fellini filmando Amarcord en el colegio secundario y a un montón de mujeres acosándome en una manifestación, vi a Borges escribiendo el Aleph y al Negro Hernández sus cuentos del café, vi mi tristeza detrás de la risa y mis adioses a las que amé. Vi el último día de Jorge en la tierra, vi a Mónica llegando apurada a la facultad, vi su primer sonrisa apuntando a mi mirada, vi su cuerpo estremecerse entre el mío el día de la primavera, vi sus labios, su lengua, y sus ojos diciendo te amo. Vi los libros de estudio entre las sábanas, vi la ducha donde nos bañábamos juntos, vi nuestra graduación, vi nuestro primer departamento de un ambiente, vi mis poemas de amor desparramados sobre su cuerpo. Vi la muerte de sus padres, vi su desesperación, vi su disimulo ante el dolor, vi su ausencia y su duelo. Vi otra vez la calesita girando bajo la nieve, vi las lágrimas congeladas de mi madre, vi mis hijos, a Pablo ganado un Oscar, a Cecilia bailando tango en París y a Gabriel cantando con “Matagallo”, vi a mis nietos estirando la mano hacia la sortija. Vi a Mónica pidiéndome un beso, vi nuestro beso, vi el regreso a casa con urgencia, vi toda mi descendencia saludándome con la mano desde un tren, vi desaparecer el miedo al mañana, vi el fin de la pobreza y una sociedad mejor. Vi la ilusión de enamorarme otra vez de Mónica y arrodillarme en una iglesia para pedir perdón, como entonces.

                                     

Antón Santamaría Delgado

                                                           POEMAS
                  Antón Santamaría Delgado

CAMPESINO ABORIGEN...
a quien el alambre y la tranquera dejó en la vía
no más te queda el recurso del conchabo
lazo firme para vos, para tu gente,
atados a la noria de la estancia
que heredó de las armas el hacendado.
Sólo el sol es ficticia imagen de libertades
allá... en lo alto,
y camina por senderos sin acceso:
pero existe una ciudad en la que nunca es noche
ceñidita a la orilla del Río de la Plata
subrayada por el ensueño de la esperanza,
intuida en el tumulto de una doma,
de una yerra,
tras el horizonte que el ocaso enrojece
y vos la buscás en toda alborada de color naranja
en tanto tus labios rodean la bombilla
para el sorbo placentero de un amargo
que colma tu boca enmudecida en el cansancio
de veinticuatro horas uncido cada día
bajo el sol que incendia el ala de tu sombrero...
la lluvia que no alcanza a eludir el poncho...
el colchón que ansían tus párpados cerrados...
pero existe una ciudad en la que nunca es noche,
ceñidita a la orilla del Río de la Plata
y hacia ella vas en tu disconforme ensueño
sin pensar si allá campean otras estructuras
en las que podés no encajar
aunque tu empeño en ello empeñes...
y ya en el reducido espacio de un parque,
de una placita,
artificiales
con veinte árboles plantados a porfía
y siete bancos para apoyar tu aburrimiento
brotará de nuevo la pregunta incontestada
que tantísimas veces te habrías hecho
ahora entre añoranzas del canto del zorzal,
del vuelo entrecruzado del tero y la cigüeña,
la ráfaga de la vizcacha astuta,
y el trote torpe del peludo,
asustados de tu estrepitosa carcajada,
mientras incólume provoca a la intemperie
el nido que el hornero izó en la punta ’el poste
donde el cablerío toma el camino selectivo
al tambo, a la chacra o a la estancia
haciendo refilón a tu mísero rancho
como un insulto injusto del progreso
a quienes como vos suplican con las uñas
el abundoso fruto que Tatitadiós
esparce por doquiera
en tanto vos pensás, sin llegar a comprenderlo,
recordando todo aquello que tan atrás dejaste:
¿pa’ qué querrá tanta pampa y hasienda el amo,
si yo... con un puchito tendría sufisiente?