domingo, 19 de noviembre de 2017

Carlos Margiotta


El padre Juan  
Carlos Margiotta

La última vez que vi a mi madre fue en la sacristía de aquel colegio de pupilos donde el hermano Miguel nos recibió con urgencia mientras retorcía un trapo de piso sobre el balde de metal. Allí transcurrió mi infancia y mi adolescencia hasta que cumplí la mayoría de edad. Entonces tenía 6 años y mucho después supe que mi madre había muerto en un hospital por un cáncer en el útero. "Es un chico muy travieso hermano... de vez en cuando es necesario darle un buen chirlo", había dicho mi madre al despedirse.
De ella guardo algunas imágenes muy confusas como fotos desteñidas en la memoria, sin embargo no le guardo rencor y siempre quise creer que desesperada por la pobreza y por el abandono de mi padre, no tuvo mas remedio que dejarme allí para que me haga un hombre de bien. Lo cierto es que el pasado se ha perdido para siempre y no es lo que ocurrió en realidad sino lo que queremos recordar de él.
"Portate bien, Negrito, cuando me quieras ver mirá las nubes que allí me vas a encontrar", dijo mientras salía con prisa de la iglesia, escondiendo la cabeza entre los hombros ocultando las lágrimas como una vergüenza.
El colegio ocupaba una manzana en las afueras de la pequeña ciudad. Era un edifico viejo donde se educaban los hijos de buenas familias en el sector que daba a la calle principal, separados por una pared del internado vivían los chicos de hogares humildes ó a cargo de algún juzgado de menores, como el del juez Portilla que finalmente se ocupó de tutelar mi crianza.
El padre Juan era el responsable de nuestra formación. De él aprendí, entre tantos valores cristianos, que la disciplina es la principal virtud para progresar en la vida. "Humildes como las palomas y astutos como las serpientes", solía decir. Era un hombre muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús cuya imagen reinaba en la cima del altar de la capilla del colegio a la que ingresábamos por la sacristía atravesando la puerta que daba al patio grande, donde formábamos fila antes del desayuno. El padre Juan celebraba la misa cotidiana con verdadera rapidez cristiana, mientras Jesús nos contemplaba resignadamente con los brazos abiertos y el pecho estrellado de luz y sangre, como perdonando nuestros pecados.
Los domingos se abría la puerta del atrio sobre la calle Urquiza que desembocaba en el río y los fieles del suburbio pueblerino asistían al acto religioso y escuchaban la palabra del Evangelio interpretada por la ronca garganta del cura con su sermón lleno de culpa y esperanza.
Casi siempre, Belomo y Maidana, con los que compartí aquellos años, se vestían de monaguillos y ayudaban en la misa (pronunciaban bien el latín) turnándose en el hacer sonar las campanillas anunciadoras de: pararse, sentarse, arrodillarse. Otros integraban el coro celestial acompañados por el profesor de música que se llamaba Artemio, que tocaba un desdentado órgano alemán, mientras uno de los pupilos que estaba por egresar estiraba la manga de pana oscura sujetada por un palo largo de madera lustrada recorriendo las filas de los reclinatorios esperando la limosna hecha moneda.
A muchos de mis compañeros venían a verlos sus padres, abuelos y parientes los sábados por la tarde y se reunían en el salón comedor. Yo era el encargado de servirles la merienda y de ayudar en la cocina, después del encuentro me ocupaba de la limpieza "Limpia el piso y limpiaras tu alma, Negrito" me decía el padre Juan.
En las fiestas patrias nos llevaban a la plaza principal del pueblo para participar de los actos conmemorativos y las autoridades nos presentaban por como un ejemplo de la solidaridad pueblerina. Disfrutaba mucho de esas visitas, del desfile militar del regimiento cercano, del chocolate con churros que nos servían en la intendencia y de algún regalito que nos hacían las damas de la caridad.
Era mi oportunidad de ver a las mujeres del lugar, esas que me empezaban a inquietar por las noches en el pabellón del dormitorio. "También es pecado tocarse allí abajo y tener malos pensamientos". decía el cura.
El mayor placer de mis días de encierro era por las tardes, cuando terminada la clase teníamos un recreo largo antes de volver a la capilla donde rezábamos el rosario. Me subía a los techos del colegio sin que se dieran cuenta y contemplaba el sol que se desmayaba sobre los campos de maíz anaranjado, miraba las nubes buscando a mi madre y la encontraba tirándome un beso con un gesto de la mano, ese beso era el consuelo que me acompaño durante 12 años. Después del recreo nos acercábamos al aula vecina al comedor para anticipar la cena de sopa y guiso que nos calentaba la panza y de paso jugábamos a las cartas o a la lucha grecorromana.
En las noches, a través del ventanal del dormitorio miraba el cielo inundado de estrellas como nunca las he vuelto a ver. Las luces del pueblo se iban apagando poco a poco, yo iba cerrando mis ojos imaginando el ansiado día de mi partida, mientras la luz del cuarto del padre Juan permanecía siempre encendida.
El padre Juan era nuestro confesor, nuestro guía espiritual y nuestro amigo, aunque tenia sus hijos predilectos que le cebaban mate en la intimidad de su cuarto adornado con libros de lujosa encuadernación, mullidos sillones y alfombras orientales. Una noche de verano me pidió que le llevara la cena a su habitación pero, por alguna razón (creo que por miedo), inventé un dolor de muelas para eludir el compromiso, a partir de ese momento utilicé otras tantas excusas hasta que dejó de requerirme.
Mis años de pupilo pasaron rápidamente entre el estudio, los trapos de piso y el vapor de la cocina, hasta que cumplí la mayoría de edad y me vine a Buenos Aires.
Al padre Juan lo nombraron Obispo y se fue de la provincia para dirigir un Seminario. Maidana abandonó el colegio después de una rara enfermedad que contagió a otros muchachos y el colegio fue clausurado. Belomo entró en la Gendarmería y alguna vez en cuando nos carteamos.
A pesar de todo fueron buenos años, allí aprendí el oficio de carpintero, a ser humilde y obediente, supe del poder de la oración y de la virtud de callarme. Me casé con una buena mujer que es maestra, soy padre de 3 hijos. Del padre Juan y  de todo lo demás me enteré después de mucho tiempo por las noticias de los diarios.



Juana Rosa Schuster


                                                          POEMAS 
                                         Juana Rosa Schuster


TE LIBERO 

Como ese hilillo de agua cristalina que moja las piedras y no puedo retenerlo.
O el viento de abril que aúlla entre los montes,
Y levanta la polvareda que ciega los ojos,
te libero, como la gubia deja la escultura,
cuando el maestro ya se cansa de esculpir.
No perturbes el ritual de mi existencia,
ni regreses otra vez, vacío de promesas.
Vuelve a la urdimbre de endebles recuerdos.
Distráete en tus fines de semana de agendas vacías,
y tal vez, así, logres olvidarme.

 EL GRITO

Tengo un grito en la boca
con arpegios de pasión a ritmo lento
que va preguntando dónde
se oculta tu silencio.
Un grito lacerante que escucha
esta soledad que me desampara.
Llevo en mis entrañas
la derrota de verme perdida
poco a poco en el olvido.
Un grito que está vivo
donde no existen las horas.
Oculta los secretos del adiós
y tiene un divagar hacia la nada.
Un grito que anuncia
que le queda muy poco
a mi jornada, repleta de amargura.
Siento el alma rota
porque soy un jardín
sin primavera.


Roberto Paniagua


Holograma 
Roberto Paniagua


Una foto con marco ovalado cuelga de la pared. Hace muchos años un pintor coloreó de celeste los ojos de la niña, que en realidad después fueron grises. La cabellera rubio dorado cae perpetua hasta los hombros, que están cubiertos por un vestido azul, un azul noche, que deja ver el cuello de una blusa clara con  lunares rojos.
-Siempre recuerdo las manos suaves de mamá -dice Mariquita, mientras prepara el té.- Vos Inés, ¿te acordás?
Mariquita ve a Inés moviendo la cabeza, suavemente, como empujada por el viento que se filtra por el marco de la ventana.
-Me peinaba solamente por la  tarde; menos que a vos.
Y alargando las palabras, agregó:
-¡Yo siempre fui más obediente! ¿Verdad? 
Mariquita sonríe al ver que Inés acepta su punto de vista  sin decir palabra. 
La tarde tiñe la habitación de un amarillo que rápidamente se convierte en ocre y después se duerme en sepia.                                                
El humo de la tetera, libre, arma y desarma imágenes que el tiempo no desea medir.
Solamente una cuchara carga el azúcar que se espuma en el té. 
-Yo la cuidé tanto ¡Pobrecita! Claro... ¡mientras vos viajabas con ese militar tan apuesto! ¿Cómo se llamaba? ¿Rodolfo? Te odio por eso: ¡porque viviste todo lo que yo no pude conocer!
Los muebles se van poniendo oscuros, devorados por la noche.
Mariquita, envalentonada por el silencio de Inés se inclina sobre la mesa y, entre  dientes, dice:
-¡Tu piel es sólo el producto de las cremas que te has puesto! En cambio yo, con  la ropa, los pisos, el cuidado de nuestra madre ¿qué piel voy a tener? Si fui  una esclava toda mi vida ¡vos lo sabes bien!                                                                
El vidrio de la foto refleja un brillo que ya es de luna.  Y los ojos de la niña, en una mirada fugaz, muestran una chispa de vida. 
El ruido de un pocillo que se parte en el piso corta la conversación.        
Encontraron veneno en la jarra de té. Los vecinos dijeron que la anciana vivía sola desde la muerte de su madre.
Un pariente lejano, después de reconocer el cadáver, comentó que ella siempre tuvo dos obsesiones: una hermana imaginaria y su propia imagen enmarcada, aquella, donde nunca envejeció.

 



Jenara García Martín



El misterio de una vida 
Jenara García Martín
                                              
Don Federico,  era el Farmaceútico de un pueblo  de  provincia,  en un tiempo pasado. Personaje importante. Soltero, de unos 30 años.  Su andar y buen porte  destacaban su elegante  figura. Siempre vestido con pulcritud y buen gusto.   También tenía fama de generoso y muy sociable.                          Así contaban la historia  de su vida, los que le conocieron.              
Todos los días, puntualmente a las nueve, habilitaba la Farmacia  donde se instalaba detrás del mostrador  con su  impecable guardapolvos blanco. Vivía solo,  atendido por una sirvienta,  y acostumbraba alternar con la gente del pueblo. Asiduo concurrente de LA TERTULIA. el único café del pueblo, donde se juntaba con un grupo de amigos, los personajes más distinguidos socialmente, todos los días a tomar café después del almuerzo  y en algunas ocasiones después de la cena para  jugar una  partida de ajedrez, o de naipes.
Se le habían conocido algunos romances,  pero  nunca duraderos. Siempre, el comentario, era que ellas le dejaban. El motivo  lo guardaban con suma discreción. Bromas al respecto no le faltaban, entre sus  amigos. Su respuesta era siempre la misma.
“Para ese compromiso formal, siempre hay tiempo. ¿No os parece?
De vez en cuando venía una tía a visitarle de nombre Gabriela. Aparentemente, algunos años  mayor que él.  Durante su permanencia se relacionaba con las damas más destacadas socialmente en el pueblo, pero cuando estaba la tía Gabriela, algo en Don Federico  cambiaba y para los amigos de café no pasaba desapercibido. Había un misterio en esas vidas que nadie conocía.  La tía  Gabriela era una gran amiga menor que él, bailarina en locales nocturnos  y/o revistas en la Capital,  y cuando sus fuerzas se debilitaban la llamaba.  Era el soporte vital que necesitaba para sobrellevar la otra faceta de su existencia que ocultaba entre las sombras de la noche. Ella le transmitía vigor,  nuevas energías  para seguir adelante. 
La visita de la tía Gabriela alteraba la monotonía pueblerina, en la que se movían sus habitantes.  Estaban acostumbrados a que todas las horas de todos los días  pasaban las mismas cosas. Las campanas de la iglesia dejaban caer sus campanadas marcando las horas sin error, reemplazando al reloj de la torre  que no funcionaba.  Las comadres se juntaban en la tienda de ultramarinos y se comentaban las novedades. Así, cuando llegaba la tía Gabriela tenían la oportunidad de romper la rutina en que vivían y ocuparse de algo diferente y empezaba    el “cotilleo”.
Los chismes corrían por las esquinas, en la plaza, de boca en boca. Hasta se llegó a decir que a Don Federico le habían visto salir de su casa,  a altas horas de la noche acompañado  de una dama de aspecto juvenil, muy bien vestida  y volver a la madrugada  con la misma compañía. Y que no era ni parecida a la tía Gabriela. No faltó, entre los amigos,  quien se ofreció a oficiar de detective. Seguir los pasos a Don.Federico  No podían resistir la curiosidad. Así es como llegó el informe del detective improvisado:
-Le he seguido por dos noches. “Sale acompañado de una dama joven elegantemente vestida, ya avanzada la noche.  Y prestad atención: ¿Conocéis la esquina del GRAN SECRETO donde existe un farolillo con muy poca luz”.
-¡SÍ!.. ¡SÍ!... La conocemos ...pero sigue...sigue…- insistieron  ansiosos los “indiscretos  amigos”.
“ …Y que hay una callejuela que no tiene salida y muy poco frecuentada por el misterio que esos lugares esconden?  Pues bien. Entran en ese pasadizo y ahí desaparecen  después de hacer sonar una campanilla en la puerta que todos sabemos es la entrada discreta que tiene acceso directo a “LA LUCIERNAGA".      
"LA LUCIERNAGA", nunca mejor puesto el nombre,  porque el letrero brillaba sólo en la noche. Era el Club nocturno del pueblo, para hombres solos, donde se entretenían con las mujeres de conducta liberal,  y los fines de semana había  espectáculo con expertas bailarinas, que  hacían más atractiva la concurrencia.  El único lugar que existía  en el pueblo en el que podían  evadirse de la rutina diaria.
Entonces, en la vida de Don Federico existía una mujer que nadie conocía, puesto que en nada se parecía a la tía Gabriela. Pero sí  era la  tía Gabriela la dama que le acompañaba, con la diferencia que  en la noche era la auténtica Gabriela.
El improvisado detective se ofreció a seguir investigando,  pero ahora  dentro del local de “LA LUCIERNAGA”
En el ambiente de “LA LUCIERNAGA”,  Don Federico era invisible. No acostumbraba a aparecer en el salón. Su vida era un misterio.  La supuesta tía Gabriela, se transformaba en "LA MASCARITA AZUL" y era una experta bailarina. Formaba el cuerpo de baile y alternaba,  circunstancialmente,  en el salón, aceptando tomar alguna copa con algún cliente que ella elegía.
Don.Federico continuaba con su vida normal, lo cual desorientaba a sus compañeros de café. Esos amigos sí que llevaban una doble vida encubierta, dado que frecuentaban “LA LUCIERNAGA”,  con mucha frecuencia. La mayoría eran casados  En las horas del día, su comportamiento intachable, guardando buena imagen ante  la sociedad  y ante su familia. Y... en la noche, donde la obscuridad todo lo protege. Todo lo ampara. Todo lo oculta, se comportaban como cualquier hombre libre.   Mas era tal la intriga que les originaba la vida nocturna de Don Federico que el detective improvisado se había propuesto desenmascararlos, utilizando las “artes”  que fueran necesarias y esa noche asistió al espectáculo nocturno, sentándose sólo en una mesa.
A “LA MASCARITA AZUL” bajo su disfraz y el  vestuario de bailarina, era imposible reconocerla,  y al descubrirle  decidió alternar en el salón y se acercó a él  -diciéndole- ¿Puedo acompañarle?
-Por favor, sería un honor para mí... -la respondió emocionado y la colocó la silla, con toda delicadeza, invitándola a tomar una copa. Cuando iba a comenzar el espectáculo, “LA MASCARITA AZUL”, le pidió disculpas para retirarse. El detective improvisado, se encontraba eufórico, feliz, esperando el final de la representación y que  “LA  MASCARITA AZUL”, volviera a sentarse con él. ¡Qué desilusión!... “LA MASCARITA AZUL”, no estaba en el escenario al hacer el saludo final, tampoco en el salón y tampoco  volvió a sentarse a su mesa.
El informe que llevó el detective al día siguiente al resto de  sus contertulios, fue  decepcionante. Ni a Don Federico, ni a su amiga de la noche les había visto en LA LUCIERNAGA.  No estaban en el Salón. Versión que fue confirmada por algunos de los amigos que también se encontraban esa noche en el Club.
Para Don Federico empezó a ser una tortura los rumores pueblerinos. Se sentía observado permanentemente,  sin disimulo, por sus compañeros de café en todos sus movimientos,  y decidió que la permanencia de la tía Gabriela  en el pueblo, debía llegar a su fin. Era demasiado arriesgado prolongar su estadía y tolerar a esa sociedad que actuaba con tanta hipocresía.  Así fue como la tía Gabriela tomó el tren al domingo siguiente. La despedían Don Federico, y alguna de las amistades  más íntimas, quienes en ningún momento dudaron de ese parentesco.
Ante estos acontecimientos, Don Federico tomó una decisión repentina. Se ausentaría por una temporada. Dejaría en la Botica, como reemplazante titular, al colega  del pueblo vecino, quien aceptó de buen grado ese ofrecimiento. Por supuesto, que para los amigos fue una gran sorpresa, cuando les anunció en el café que se tomaba vacaciones por un tiempo.
-Viajo el sábado a la noche,  a Madrid. Necesito tomarme un descanso.
Se quedaron sin palabras. ¡Perplejos! ¡En un silencio absoluto! Hasta que uno de ellos se animó a decirle:
-¡Iremos a la estación a despedirte!
-¡No, por favor!. No lo toméis a mal, pero  no me gustan las despedidas. Aquí nos decimos adiós.
-Te extrañaremos –le dijeron esos buenos amigos”.
-Yo también –les respondió Don Federico,  educadamente.
Ese mismo día, ya avanzada la noche, esperaba el último tren que  ya se aproximaba a la estación, y él dejaba atrás a los curiosos por descubrir el misterio de su vida. Subió a uno de los vagones de primera clase. Se escuchó el silbato que anunciaba la salida del tren y de inmediato se puso en movimiento perdiéndose en la obscuridad. Los únicos testigos de esa sorpresiva ausencia fueron el Jefe de Estación, las farolas  que alumbraban a media luz y el silencio de la noche gris con densos nubarrones.  Pero sabía que su amiga, la auténtica Gabriela, le estaba esperando en la estación y su vida ya podía vivirla sin angustia, sin miedo, sin misterio. ..                  

Fernanda Olinika


La cita 
Fernanda  Olinika

El día por fin llego. El encuentro tan esperado  iba a ocurrir. Pasaron veinte años de la última vez que se vieron. En el almanaque del corazón el tiempo nunca pasó.
Se baño, se seco y mientras perdía la mirada en el espejo, recordó cada momento vivido. Sacudía el cabello para acomodarlo, era corto y sus canas le invadieron el castaño de la juventud.
Roció con su perfume todo el cuerpo. Tomó un vestido de color azul marino con florcitas pequeñas, que le marcaba bien su figura, unos zapatos bajos y su cartera, y se dispuso a salir. 
Subo al auto que me va a llevar al lugar donde nos vimos la última vez. Preferí bajar unas cuadras antes y caminar hacia la confitería. Todo había cambiado.
Me senté junto a la ventana, desde ahí podía percibir el aroma  de la primavera, narcisos, rosas, jazmines y un gran paraíso  inundaba la mesa del café.
Bebí una copa de vino. Mis labios se pintaron de rojo carmesí  y la melodía del lugar generaba en mi corazón una explosión de amor.
Los minutos pasan. Sabe que este tiempo es de ella. Tiene un lindo sabor la espera, recuerdos,  nostalgias, angustias, satisfacciones. Puedo traer a mi memoria un sinfín de momentos vividos. La vida es eso, fragmentos guardados de un vivir.
Se sintió observada, le generó timidez, pero le sonrió.
Se acerco a la mesa, donde ella parecía una roca, y él le pregunto –puedo acompañarla, no la incomodo-.
Por favor siéntese.
Pidieron otras dos copas de vino, charlaron como si ese momento hubiese estado planeado para ellos. Se rieron de las ocurrencias que cada uno aportaba en esa mesa de café. Pasaron las horas tan rápido, que la noche comenzó aparecer.
Se saludaron, volvieron a reír y fijaron cita para un nuevo encuentro.
Tomo su cartera y camino bajo el cielo estrellado que iluminaba su rostro y lo llenaba de brillo y juventud.


Gabriela Carrera


En blanco y negro 
Gabriela Carrera

Había llovido toda la noche, las primeras luces de la mañana mostraban la bruma y la humedad de Buenos Aires que hacía tanto tiempo no recordaba. Desde la ventana sólo se divisaban sombras grises lejanas.
Dejó comida al gato que rondaba el balcón desde que llegó. Terminó el café, tomó las llaves y salió a la calle. La brisa húmeda de otoño le alcanzó la cara. Debajo del paraguas y esquivando charcos miró el reloj, llegaba tarde.
Su hermano le había pedido que pasara por la galería a buscar unos cuadros, cuatro mensajes en la recepción fueron suficientes para acudir al llamado. Bastó que preguntara dónde se hospedaría para bombardear con mensajes. No se daría por vencido, pensó. Dio vuelta a la esquina y tomó un taxi. Había comenzado a llover nuevamente. Se maldijo por haber dejado hasta último momento el encargo, el mal tiempo la puso de mal humor, entre otras cosas.
Siete años pasaron desde la última vez que había transitado esas calles recordó, nada ha cambiado. Todo seguía intacto, como las ganas de huir nuevamente. Sólo el mail de Ernesto, avisando que la salud de Ana había empeorado, hizo que tomara el primer vuelo para volver.
Con Ana fueron como hermanas, amigas inseparables desde la primera infancia. Horas incontables compartidas en el colegio primero, y en la secundaria más tarde. Los primeros besos de amor, los poemas, las noches de insomnio adolescentes, luego. Cigarrillos robados a Hugo, su hermano mayor, cómplices, amigas, hermanas. Sólo Ana sabía de su dolor, sólo ella la acompañó esa noche al aeropuerto. Se fundieron en un abrazo prometiendo volver a verse. Dos años pasaron hasta el reencuentro, durante el viaje de bodas de Ana y Ernesto, que hicieron escala en Barcelona para cumplir la promesa.
Horas al chat para acortar la distancia, una forma moderna de mantener el lazo.
El día que murió Ester, su abuela, supo que nada más la amarraba a ésta tierra. Las disputas con su padre la habían llevado a perder unas cuantas batallas y dejado algunos amores truncos.
Ayer después de muchos años volvió al cementerio. Dejó unas azucenas, su flor favorita, en la tumba de Noni, como solía llamarla. Y se despidió de Ana.
Le pidió disculpas por adelantado, sabía que no volvería por éstas latitudes y le prometió que cada martes en “La Rambla de las Flores”  camino al trabajo, compraría una rosa en su nombre.
Doscientos quince pesos. Dijo el taxista cuando llegaron al Art House Buenos Aires, ubicada en Palermo. Podría esperarme, le pidió. Se anunció en recepción. Salió Hugo a su encuentro, la estaba esperando. Se saludaron sin rencores ni reproches, sin esperar nada uno del otro. Era tarde. Compartían apellido, un resquicio de afecto, ningún vínculo. No pudo recordar cuándo fue la última vez que hablaron sin levantar la voz. Ni tampoco que alguno de los dos saliera herido.. Entraron a un cuarto en penumbras, un  hilo tenue de luz, lo que parecía un depósito. Y allí le entregó el paquete un tanto pesado y con bastante polvo. La acompañó hasta el auto que la esperaba. Ayudó a guardar en el baúl el paquete. Le preguntó cuándo era su vuelo, en un par de horas, le contestó.
Se despidieron con un beso en la mejilla y antes de partir Hugo le dijo, te volveré a ver. No, le respondió. Ya no regreso.
Esa tarde se despidió para siempre de Buenos Aires de sus grises, su aroma a tierra mojada después de la lluvia, a las siestas en verano, de su humedad sofocante, del sonido del tráfico en hora pico. Y de los amaneceres del sol asomando por el Río de la Plata, nada extrañaría.
Ya instalada en Barcelona abrió el paquete, adentro había un par de cuadros de un considerable valor, dejados por su abuela  y una nota que decía “éste sólo cotiza en tu corazón, por el amor que se tienen, celebro vuestra amistad”


Lola no pudo contener las lágrimas, después de tantas pérdidas, obtenía el mayor de los tesoros un retrato de Ana y ella, hecho por  Noni en lápiz, ambas descalzas a orillas del río.

Marta Becker


TE SUEÑO 
Marta Becker


En la inconsciencia de la duermevela sueño con montes valles sembrados de árboles en flor praderas verdes y amarillas subidas y bajadas sin fin aguas cristalinas que corren por senderos sinuosos que pegan giros desaparecen y vuelven a verse iluminados por un sol gigantesco e hiriente que se esconde detrás de pompones de algodón protuberancias en la tierra agreste suaves declives que huelen a hierba fresca marañas de células perfumadas en noches sin luna con luna con estrellas y el sueño sigue no se detiene en nada no establece territorio deambula en un cielo diáfano el canto de las sirenas es suave y peligroso a la vez e intento atrapar un ser etéreo que  navega sobre una superficie helada y se aleja cada vez más y en el devenir de los caminos perdidos descubro tu cuerpo que recorro con manos ansiosas en la desesperación de la pérdida porque se que la mujer es el territorio más fascinante de todos y no lo quiero dejar ir y te sigo soñando hasta lo inalcanzable porque ya no estás mientras sufro lo soñado.

Horacio Pettinicchi


La Mariposa Roja 
Horacio Pettinicchi

Tomo la lluvia en mis manos y la acaricio, me acuno en ella, la ciño fuerte contra mis pechos, secos ahora, abandonados ahora, huérfanos de tus manos.
Tus manos, fuertes, sólidas, ausentes, ávidas de espadas y sangre, necesitadas de otros pechos, duros, jóvenes, morenos tal vez. 
Como mi piel ¿te acuerdas de mi piel? Qué poco duró todo, José.
Apenas si te pude dar un hijo, nada más que un solo hijo, a vos que tuviste cientos.
Con él me dejaste la oscuridad de tus ojos, las enmarañadas cejas que el tiempo irá agrisando, tus rasgos José, la hendidura en la mandíbula, fuerte, decidida. 
Y las largas noches, el frío en el lecho, frío de ausencias que me ganaron de a poco y me congelaron la vida.
¿Dónde estás ahora? ¿En qué monte, en qué cuchillas seguís buscando la esquiva Patria que soñaste? ¿Qué gleba te acompaña, qué alzados o proscritos te siguen esta vez?
Y yo tan sola, sola con mis miedos, con la ausencia de tus manos, con mis pechos huérfanos de tus caricias, tan sola como antes de conocerte. Qué poco duró todo, José.
Sola, inmersa en esta densa sombra que me abraza, fría como sudario, helada como el jergón donde paso mis noches, noches hechas de brumas y ausencias. 
Sola, hasta que llegan ellas, y me hablan, y les hablo, les pregunto por vos, me cuentan de la Isabel, del machito que parió, me dicen como se parece a vos.
Ellas no dejan de hablarme de los hijos de tu sangre, de tu semen, y de los otros, hijos de tus sueños y tus trajines, gauchos de pata al suelo, desheredados y rotosos, ésos que te nombraron Protector de los Pueblos Libres. 
Me susurran de las otras mujeres, de tus otros amores, y las entrañas se me hielan.
Y la bruma, ésta la bruma fría que me envuelve.
Mis manos heladas buscan atrapar al sol, lo acosan, lo persiguen por las encaladas paredes de la habitación donde me han recluido.
Busco atraparlo, busco meterlo dentro mío, busco su calor, para sentir en mis escarchadas entrañas el fuego que me sembrabas, José.
Escucho otras voces, duras, extrañas, voces que dicen de mi locura, que susurran nuestro parentesco, voces que te culpan de esta bruma.
Mentiras, José, mentira porque parí grande, mentira porque somos primos, mentira del pasmo cuando niña, mentira de tu ausencia. 
Es que me falta el fuego, me falta el fuego que me enciende, el fuego que me sembrabas, y yo ardía, me ardía toda, me artigabas íntegra, José, como a la maleza antes de la siembra.
Voces, siempre las voces. 
Voces duras que se van, voces suaves que regresan, voces que me dicen del Campamento de Purificación, de los andrajos que cubren tu cuerpo, joven aún, necesitado aún, de tus horas sentado en la descarnada cabeza de buey, gastando el chifle de ginebra. Me dicen de tus noches, de la Melchora Cuenca y de sus pechos, duros, jóvenes, que vos acariciabas, morenos como mi piel. ¿Te acuerdas de mi piel, José?
Me contaban, y yo me iba muriendo de a poco, como esta Patria, como tu sueño de una tierra poblada de hombres libres, como mi sueño, de tenerte, de tener tu fuego en mis entrañas. Qué poco duró todo, José. 
Qué solo quedaste, qué solo cruzaste el río, qué solas tus manos, vacías de guerra, vacías de amor. Sólo acompañado por tu chaqueta colorada, por el Negro Ansina -tu viejo asistente- y yo, hecha mariposa, de rojas alas -como el fuego que no me dejaste- para seguirte. 
Me hice sombra ese setiembre, para tapar las vergüenzas de los cien orientales cubiertos de harapos, que te seguían, me hice viento para secar lágrimas que rodaban, mirando la tierra que dejaban atrás. 
Al frente, el inconmensurable misterio de un Paraguay hermético, desconocido, pero libre, libre de toda extranjería. 
País donde te internaste, te perdiste en él, con tus fantasmas, y tus sueños, derrotados a veces, pero no muertos, renacidos en cada hombre que aprende a decir no.

Y yo, pequeña mariposa roja, te seguí José, te seguí en el convento mercenario, soldado entre frailes poco duraste, te seguí a Caraguaty.

Con vos estaba, cuando te visitó nuestro hijo, huérfano de madre, con un padre que ya no recordaba, y que no sabía si eras un bandido o un oriental.
Con vos estaba cuando Blompland te trajo la Constitución del Estado Oriental, y libé tus lágrimas.
Con vos me engrillaron cuando murió Francia.
Y cuando te olvidaste de amanecer, mis alas, rojas como el fuego, rojas como el eterno sueño, se cubrieron de luto.
Y ahí estaba José, esperándote bajo el lluvioso cielo el día que tus pobres huesos cansados, montoncito de humanidad que se va haciendo polvo, desembarcaban en el viejo Montevideo.
Ahí estaba yo, la Matilde Borda, tu Matilde, con todo mi amor, con todo mi amor en las manos, como siempre José, esperándote.


Cuento premiado por Editorial Baobab (2005) con la edición de una Antología personal llamada La Mariposa Roja



Víctor Marcelo Clementi


Que época 
Víctor Marcelo Clementi

Suena cumbia en barrios de lata, sembrados de matufia y aprietes. Tanta adrenalina bosteza el miedo.
Todo por un baguyo para despuntar el crepúsculo. Camino los cordones que desata la vereda y los tiros aledaños. Un par de tranzas en la esquina me huelen los billetes:
-70 los 25, jefe, 50 la bolsita de 3-me tarifan el vicio al cruzarlos.
-¿Paragua? insinúo
-Es lo que hay, maestro- responden
-A la vuelta paso- les miento por las dudas. No sea cosa que me hayan saboteado el maneje y me falte humo. A uno de los dos chabones lo tenía visto. Hasta creo que charlamos un toque. Sí, recuerdo que me sorprendieron un par de cosas que dijo. Hasta pensé: "este fulano tiene otra musculatura intelectual, sangra talante al hablar" Otro vagabundo del lenguaje que holgazanea por los atajos de la noche. Amigo del Cebo. O de Lucio, otro malabarista del chamuyo que vivía de ocupa en un depósito abandonado junto a demases huérfanos de la vida.
Muchos han criticado esta adicción a juntarme con residuales, esos poseídos por la yeta. Pero lo llevo dentro. No me olvido que nací y crié en un conventillo familiar; que hicimos la canchita enfrente cuando derrumbaron el caserío y limpiamos escombros. Algunos cascotes derrocados jugaban de arco. Con pelotas de trapo y si había chirolas, la de goma. Jamás una de cuero, la veíamos por tele o en el Club. Eso no se olvida. Aunque me haga el fino, la mancha de choripán en el buzo me delata. Es el barrio es... Qué época amigo, hoy que recorro los médanos inciertos de la ilusión.
Mientras camino rememoro, me abstraigo hasta volatilizar, tanto que desbando. Y eso no está bueno, la realidad es un depredador. Una palabra de más en el ambiente equivocado y fuiste. Hay que sospesar lo que decís; si ostentás verba se creen que los gastas, si hablas poco desconfían que seas ortiva. Sea como fuere, si bardeas chau... otro verdugo para tu karma.
Esa, me parece que es esa la casilla. Son todas parecidas, blancas y oxidadas, pero me juego. Toco la puerta una, dos, quince veces: nada. De pronto sale una viejecita del pasillo de al lado retándome por el baruyo a chapa:
-Ya se fue, no ve que no está, no se da cuenta?  Lo llevó la policía hoy a la madrugada, así que váyase a buscar droga a otro lado.
-Ya me voy- y me fui, se puso densa la película. Lo mejor es una retirada elegante.
Retrocedo las calles y los recuerdos. Me veo pibe, calle, con la frustración invicta, cuando sucede lo previsto: los dos tranzas de la esquina pasada ahora son cacheados por la poli. No quiero que me escrachen de testigo cuando aparezcan las bolsitas de la campera. Qué tarde de mierda, puta leche. No es como recordar, allá todo es perfecto, mágico, hasta lo que duele.
Qué época amigo... me fue goleando la vida, me comí dos mil sopapos, y una fétida migraña en la gambeta expulsó las piruetas tribuneras. Pero hay un aire azul que vespertina...
No puedo esconderme, si pianto me delato. Quiero ser invisible, indetectable, desvanecer, no existir un momento. Y sucede: paso pegado a los tranzas y la yuta sin que me detengan. Camino, camino, aunque sé que jamás regresaré a la infancia prometida. Pero es el camino el que nos define.
Por fin salgo de la villa, de la jungla que atrapa metáforas. Camino, camino, ya se visualiza la luz al final del túnel. La hinchada corea revancha. Arranca el segundo tiempo. ¡Aguante carajo..!


Daniel de Cullá

Cuento de EL CID 
Daniel de Cullá


Me dicen un cuento  de la historia del Cid, que nunca se cuenta: que estando ya muerto, le embalsamaron vestido y sentado en su escaño del Monasterio de  San Pedro de Cardeña, tras siete años, un día que se celebraba una gran fiesta, donde el abad Sisebuto bailaba apretado con doña Jimena y las hijas con frailes del cenobio, alternando diversas evoluciones de estilo románico, estando todos fuera de la iglesia, una mujer que llegó hasta allí, entró dentro y estuvo mirando un buen rato al Cid. Cuando vio que no había nadie, se acercó a él y, levantándose la falda, (por cierto, no llevaba bragas), le dijo:

-Anda valiente jodedor de moras y  cristianas, a ver qué me puedes hacer a mí, capullo, ahora.

Entonces el Cid, echándose la mano a su polla, sacó un palmo de ella erecta. La mujer se espantó tanto que escapó de la iglesia, como alma que lleva el diablo, corriendo las tierras de Castrillo del Val, por donde todavía vaga, como cuentan las buenas lenguas de los lugareños, y otros que dicen que la ven todos los mediodías comer olla podrida en un mesón de Ibeas.

Haide Daiban


La  comida  del  Rey 
Haide Daiban

En  el  palacio rodeado  de  jardines  a  la  francesa,  el rey  observa  desde  las ventanas de  su habitación privada  la  maravilla de las fuentes  inagotables  en sus  movimientos  de  morir y  renacer. Más  allá están los  tiestos  con flores a  lo largo  del  camino central  enmarcado por  arbustos  podados  que  forman  hileras.
El  pavo  real  abre y cierra su cola llamando la  atención  de  la  hembra, coloreando el césped, en  arcoiris.
El  rey  acomoda  su  peluca  varias veces, quizá para  calmar  la  picazón de  algún piojillo travieso, esperando mientras  tanto  la  hora de  su  pantagruélico  almuerzo.
Los escarpines con hebillas  descansan a  un lado  del  lecho  real y el manto con armiños está  estirado  pomposamente sobre  su sillón favorito.
En unos  momentos más la  turba (una  parte  seleccionada  del populacho),entrará  para colocarse  tras  las  barandillas de  madera  dorada  que  separa  su  lecho de la estrecha antecámara y del lugar reservado para  algunos  “destacados personajes”. En ese  espacio pares de ojos  ávidos tendrán  el  honor de observar a  su Majestad  mientras  deglute sus manjares .
Todos tratarán de  hacer las  reverencias adecuadas y hasta  excesivas, por si  su Majestad   decide tirar al voleo algún  resto, dirigido a algún privilegiado. Mientras continúa recostado, se diría muy cómodo, bajo  su  baldaquino  ungido por corona y  plumas entre dorados  a  la  hoja
En la gran  cocina del  subsuelo, los  cobres  fulguran  colgados  sobre  las  paredes  y  el  fuego avivado  por  fuelles de  cuero, se  eleva, cobra  fuerza.
Las fuentes  esperan impacientes, esos  manjares que adornados con frutos  y  flores irán  por  escaleras  de mármoles  a  saciar  el  apetito  real.
Su  Majestad, en general, ignora  presencias, como ignora un  gran señor a  los mendigos que  pasan  por  las  vidrieras  de las  grandes tabernas.
Come su Majestad, traga , bebe, se chorrea, no  mira, lo miran. Casi  no  respira,  eructa.
Su lacayo le acomoda una  gran  servilleta  bordada  con  las  iniciales  reales.  Alguien  toca  el  laúd  en  una  sala  contigua.
Las bocas salivan, tragan aire,  abren los  ojos (por  exaltación  y  por curiosidad), retienen  las  manos . Ante  ellos  desfilan  los  sirvientes  con fuentes  cargadas de pavos, faisán al  vino ,corderos de Medio Oriente  a  la  menta, sopa en cazuelas de  plata, un gran pescado los mira, relleno de champignón  y  trufas, las  fuentes  de  plata  con  asas  de  asta de ciervos de  los  cotos  de  caza, brillan…
Su Majestad  eructa con  realeza  y  la  turba  aplaude  a  su  actor. Y él, como  un  niño asombrado  sonríe bajo la  peluca  enrulada.
Su Majestad bebe copiosamente su vino de  uvas  de  Languedoc.
Las salivas se escurren entre los  labios  y  se  codean  unos a otros, espectadores  transportados  a  las  fiestas báquicas  y se restriegan  las  manos vacías. Sufren pensando  en  el  final del  espectáculo, ya  próximo.
Las  mujeres muestran  con descaro  sus  senos , que  tratan  de  escapar  de  sus  amplios escotes  es  lucirse  ante  los ojos  reales como  una ofrenda, aunque  aquellos  nada  ven.
Enormes angarillas  con postres  y fuentes doradas rebosantes  de delicias aparecen por las  puertas. La  reina  está  ausente
Pasan  los  bavarois  con  salsas  y  adornos de  marron  glacé, los frutos  caramelizados los  gateaux, en especial  los de  chocolate exquisito y  raro manjar  de  las  Américas pasteles rellenos, ¡Ah!, exclaman  a  coro.
Los  almíbares  se  escurren  por  la  boca  real  y  los  labios  entreabiertos  muestran  el manjar  desgarrado, rojo de  fresas  que  desaparecen  unas tras otras
Ruedan sobre las  alfombras  de  Aubusson  frutos  varios: almendras,  castañas  y  nadie osa  inclinarse sólo ojos ávidos  bailotean  a  compás.
Se  escucha  el  tintineo  de  carrillones  apagados, es la  hora,  luego  de  los  licores servidos  en botellones  de  cristal  y  plata  el rey descansará.
Como  un  gran  telón se corre  el damasco rojo que  cuelga  del  baldaquino  y  decenas de  pies  mal calzados, cansados  se  alejan del escenario con suaves  reverencias en tanto desde las  ventanas el sol va  dejando un  rastro  dorado  sobre  las  paredes  asedadas e ilumina  las  hebillas del calzado real  que  yace  a  los pies de  la cama.
Todo reposará en instantes  y  la  representación se repetirá  en  siete días.
En  el  interín  dicen  que  ocurrió  un  hecho  anticonvencional , insólito.
El  rey  salió de sus  cabales  al  sentirse  descompuesto . El  médico  real  diagnosticó  una  indigestión o una intoxicación.  Nadie quiere  pensar  en  un  envenenamiento.
Inmediatamente los  soldados  del rey  fueron en  busca  de  los  espectadores  del  día  o los  posibles subversivos, los potenciales criminales o aquellos  que con sus malas artes enfermaron  al  monarca.
Llegan  al  fin  los presos, que  no  sabían de sus  malos  poderes, piden perdón y clemencia  y  juran no haber  deseado  ningún  mal a  su señor.
El  cocinero, desesperado, desliga a su personal del  problema, habla de la fescura de los productos, señala a  la mala suerte  o  a  alguna  peste y  se  encierra  entre fogones a  la espera  de  los  acontecimientos.
Al atardecer de  aquél  día  ,tres  horcas se prepararon en los  bosques de Fontainebleau
Mientras  el  rey  maldecía entre vómitos a las  brujas  y  se  culpa  por  ser  tan  magnánimo al  permitir  las  visitas  al  palacio.
A las siete de  la  tarde , cuando  el  sol  ya desaparecía  del  horizonte ,  entre  rojas  llamaradas  que  emergían detrás  de  las  nubes, se  oyó  el  redoblar  del  tambor…


Aquellas tres sombras  que se  balancearon durante una semana  y  dieron mucho  que  hablar y  temer, no  quitaron, sin  embargo, el  apetito  a  su  gran  Majestad que pasados unos  meses  volvió  a  permitir  la  entrada  a los  consecuentes  cortesanos y a los elegidos  plebeyos  que  se arriesgaron  a  correr un  destino incierto.

Ruben Amato

                                     Lugares  
Ruben Amato

¿Va a nevar, eh? ¿Va a nevar, eh?
Todo el mundo en ese pueblo repetía eso como loros. No era una pregunta ni una afirmación.
Nadie esperaba una respuesta.
A veces sonaba como un lamento, algunos de esos soberbios, que creen manejar hasta la naturaleza, hacían apuestas mientras los más humildes miraban hacia las nubes y después de un rato se encogían de hombros para seguir soñando con la nieve.
En aquel lugar precordillerano, necesitaban que nevara!. Y según ellos “se había atrasado”
La cuestión era – lo supe mucho más tarde –
que no era la nieve lo que esperaban sino a los turistas. Después de mucha pregunta…
El pueblo vivía del turismo y la nieve era el anzuelo perfecto. Y la cobraban caro.
Desde ese momento, cada vez que nevaba a mi me parecía que las laderas eran las bóvedas de la caja fuerte de un banco.


Y los copos centavos desparramados por todas partes.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Carlos Margiotta


 La última vez que vi a mi padre  
Carlos Margiotta

La última vez que vi a mi padre, tenía 86 años. Yo lo había ido a visitar a su domicilio, donde también funcionaba su atelier de sastrería, para invitarlo a la celebración de la Pascua cristiana que se realizaría en mi casa. Podía haberlo llamado por teléfono y ahorrarme la molestia, pero a mi padre le gustaban las formalidades y entre sus valores, la familia era un templo sagrado. 
-Vení, sentáte- me dijo, mientras recogía el diario La Nación que estaba en el sillón contiguo al suyo, separados por una mesita donde descansaba el velador, un paquete de cigarrillos y el cenicero de onix que le regalara después de un viaje a San Luis.
-Mirá, te voy a decir la verdad, estoy saliendo con una señora y voy a pasar la fiesta con ella-. Yo quedé mudo, aunque algo sabía de esa relación, pero no de su boca. Él se levantó de su asiento y fue hasta el mueble que oficiaba de bar, discoteca y depósito de libros, y sirvió dos vasos con whisky. Sólo atiné a decirle que hiciera lo que creía conveniente, dándole a entender que comprendía la situación. Las conversaciones con mi padre eran siempre así, llenas de medias palabras, sobreentendidos, gestos y ausencias que eran necesarias interpretar. Me fui preguntándome qué me habría querido decir y con la sensación conocida de que otra vez me estaba mintiendo.
Semanas después volví, toqué el timbre pero nadie respondió a mi llamado. El encargado del edificio, al verme, me entregó un sobre de papel madera y un juego de llaves. En el interior del departamento estaba todo en orden, y en el sillón de costumbre, La Nación del día anterior. "Ocupate de todo", decía la nota dentro del sobre.
Revise sus pertenencias, miré el placard de la ropa, abrí los cajones de los armarios, controlé los útiles de trabajo y en el botiquín del baño encontré las pastillas para el corazón. Nada me hizo suponer, entonces, que se había ido de viaje.
Ocupate de todo, era la frase que no llegaba a comprender. Tenía claro que debía pagar los servicios, mantener la casa funcionando y entregar la ropa de los clientes que colgaban del perchero. Ya lo había hecho una vez cuando mi padre desapareció sin avisar y unas semanas después me enteré que había viajado a la ciudad de Marsalla, para probarle una pilcha al capo mafia del lugar, íntimo amigo de un diputado nacional cliente de mi viejo. En otra ocasión en la que estuvo ausente, tuve que imitarle la firma en una escritura pública con la complicidad del escribano Méndez, otro de sus amigazos. Todo había comenzado, ahora lo recuerdo, cuando yo tenía 8 años, y mi padre me llevó a ver una propiedad en construcción que había comprado en la zona céntrica, y me dijo: "Este departamento lo compre para tu madre, pero no le digas nada, es nuestro secreto".
En ese momento mi deseo era dejar todo como estaba y mandarme a mudar. Pero no pude. A los pocos días me mude a la sastrería. Empecé a contestar sus llamados, volví a fumar, bebí whisky importado, cite a sus clientes y me convertí en sastre usando los moldes que mi padre tenía de cada uno de ellos. Llamé a su colaborador para que me ayudara en el negocio, y al poco tiempo fui era famoso entre las mujeres, haciéndoles los famosos trajecitos sastre como el que usaba Eva Perón. 
Me despidieron del trabajo, mi esposa me pidió el divorcio y mis hijos reclamaron por mi presencia. Pero mi padre seguía sin aparecer. Una parte de mis sentimientos quería que volviera para quitarme el peso que significaba ocuparme de todo, y otra parte, deseaba que no apareciera nunca más. 
Pasaron los días, los meses y los años. Yo me enriquecí y con la plata disfruté de la vida como nunca lo había hecho. Hice amigos en los círculos selectos de la sociedad, tuve muchas amantes, mujeres finas todas ellas, con las que olvidé todo el pasado y me convertí en un verdadero dandy porteño. 
Ayer me visito mi hijo mayor para invitarme a la celebración de la Pascua cristiana, me dio vergüenza decirle que no podía ir, que tenía un compromiso con una señora con la que estaba saliendo. Me sentí culpable porque la familia es sagrada. No sé cómo lo habrá tomado, es tan poco demostrativo.